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Qué panorama más duro hay fuera.

Con todo el esfuerzo que has dedicado en conseguir tus estudios y labrarte un futuro profesional, llega una de las peores crisis que haya vivido jamás el país y te encuentras desempleado/a. A parte de todas las consecuencias que ésta situación conlleva, sumamos la muy desagradable devaluación profesional que tristemente se está poniendo de moda. Tú estás en el paro, pero estás acompañado por millones de personas en la misma situación, y cuando tienes unos gastos vitales que cubrir la situación es crítica.

Todo esto viene a propósito de un artículo publicado en El Huffington Post el pasado día 18 por parte de Agustina Piedrabuena, Del mileurismo al “lo que sea”. Leedlo, con muy poco se dice mucho, y con fundamento. Hace siete años ser mileurista era poco menos que un menosprecio a toda la inversión que una persona había depositado en tener unos estudios y cierta experiencia profesional. En eso sí que somos campeones del mundo. España daba una formación de calidad a cambio de una futura calidad profesional cuestionable. Y si hace 7 años estábamos bastante lejos de tener una calidad laboral medianamente buena no digamos ahora en 2014 (y lo que vendrá). En vez de avanzar hacia la excelencia hemos retrocedido a la decadencia, y es que los derechos conquistados han quedado sesgados a sangre fría, sin que todavía nos hayamos parado a pensar en las consecuencias a medio y largo plazo.

Tal y como explica Agustina en su artículo, cubrir las necesidades básicas es imperativo, así que ser mileurista hoy en día es poco menos que ser un privilegiado dentro de la jungla empresarial. Y da las gracias, porque si ese trabajo no lo haces tú hay un listado interminable de personas que estarán como locas por hacerlo. Las reglas se han roto y la moda es la bajada de salarios en cualquier ámbito y sector.

Entonces, ¿todo perdido? En absoluto. La situación es grave, pero no hay mal que cien años dure, y la noticia del éxito de la Marea Blanca contra la privatización de los centros de salud madrileños me ha mostrado que la lucha por mantener nuestros derechos a veces tiene éxito. No es sostenible que una sociedad expulse del ámbito laboral a un porcentaje tan elevado de su población. Todos tenemos el derecho a desarrollarnos profesionalmente y a disfrutar de unas condiciones laborales decentes a la altura de lo que, se supone, debería ser un país europeo. La clave está en no dejarnos vencer por el miedo y hablar.